San Luis Potosí, S.L.P. 22 de Abril de 2018
EL ABOGADO Y LA CULPA EN EL PADRINO
Ningún Corleone ve a Tom como su abogado. Para todos ellos el hermano adoptivo es el consigliere, el que aconseja al Don sobre sus acciones y movimientos.
Oscar Rodríguez Gómez | 11/03/2013
 “Si algo nos ha enseñado la historia es que  se puede matar a cualquiera”.  
Michael Corleone a Tom Hagen
 
Abundante en frases que pasarían al catálogo de pontificaciones de Hollywood, siempre con un largo prólogo que en sus tres entregas muestra una fiesta familiar entre cuya algarabía personajes de todo tipo se acercan al Don a pedir favores, la saga de “El Padrino” iniciada hace cuarenta años ha dado vena para innumerables estudios que, a menudo, resaltan el enunciado del personaje “culto” de la Familia Corleone, el abogado Tom Hagen: “Los italianos piensan que el mundo es tan duro que hace falta tener dos padres, por eso tienen un Padrino...” 
 
Thomas Feargal Hagen, mejor conocido como Tom Hagen, es un personaje central en el best seller de Mario Puzzo, cosa que no pretende hacer el realizador Francis Ford Coppola en su primera entrega, con el resultado inesperado de que la interpretación que de Hagen hace Robert Duvall lo coloca, históricamente, también en un sitio importante en la versión cinematográfica. Sin señalar explícitamente su trabajo, Hagen es el hermano “de segunda” que apoya con eficiencia a los Corleone y representa el gran proyecto de “normalizar” los negocios de la familia. Este no es otro papel –por el hecho de “representar”- que el de una discreta imagen de abogado de un clan mafioso.
 
Al igual que Don Vito (Marlon Brando), aunque nunca siquiera insinuado en las películas, Tom Hagen tiene su propia historia en la novela, antecedentes que de hecho pesan en el carácter que expresa Duvall en su personaje fílmico. Lo que no vemos en la pantalla es que el huérfano Tom, a punto de quedarse ciego, es recogido por Sonny Corleone, encontrándole un hogar con un Don Vito que lo adopta sin formalidades legales porque decìa que era una falta de respeto hacia los padres de Tom el quitarle sus apellidos. Pronto estudiarìa Derecho y se convertirìa en abogado: 
 
Del modo más natural, sin una sola palabra y sin que el asunto fuera discutido en modo alguno, Don Corleone había permitido que el muchacho se quedase a vivir en su casa. El mismo Don Corleone llevó al chico a un especialista, quien logró curarle completamente la infección ocular. Lo envió a la escuela y, después, a la universidad. En todo ello, el Don no actuó como un padre, sino como un guardián. Aunque no le demostraba afecto alguno, lo trataba con más cortesía que a sus propios hijos y nunca le imponía su voluntad. Fue el muchacho quien decidió por sí mismo cursar Derecho. Una vez había oído decir a Don Corleone que un abogado, con su cartera de mano, podía robar más que un centenar de hombres con metralletas.
 
Ningún Corleone ve a Tom como su abogado. Para todos ellos el hermano adoptivo es el consigliere, el que aconseja al Don sobre sus acciones y movimientos. Es su mano derecha no armada y contrasta, en la jerga mafiosa, con el caporegime, una suerte de capitán a cargo de un considerable número de “soldados” de una familia y que obedece directa y letalmente las órdenes del Don. Según la novela, Hagen (¿ Evocación del villano de la saga de Los Nibelungos ?) era germano-americano pero confundido con irlandés por la red mafiosa, la que lo despreciaba por no ser un consigliere italiano. Coppola pasa por alto esos antecedentes y construye para el abogado un carácter que deja para la historia del cine las mejores escenas de negociaciones y reuniones, realizadas con una clase, una delicadeza y una sencillez tan brillantes que provocan respeto y admiración, sello de la familia Corleone.
 
El Hagen que recrea Robert Duvall sin ruido alguno como el de las superestrellas que lo rodean ( desde Brando hasta De Niro, de Pacino a Diane Keaton, de Talia Shire a James Caan), irrumpe en la primera entrega como negociador de Don Vito ante el cineasta Jack Woltz, personaje fugaz pero importante para decirnos qué hace el consigliere. Contento Vito por las canciones que en la boda de su hija interpreta Johnny Fontane, crooner despreciado por Hollywood, acepta ayudarlo con el productor Woltz y envía a Tom a proponérselo en una memorable secuencia que incluye sentencias tan famosas como la de la negativa del cineasta que le dice que “no se bajará los pantalones ante los italianos” , a lo que Hagen fría y educadamente responde: “Yo soy Irlandés”. 
 
Enseguida, y ante la persistente negativa de Woltz, el consigliere le espeta: “El señor Corleone es el padrino de Johnny Fontane. Para los italianos ese es un vínculo religioso, sagrado”. La aparente frivolidad de la apenas primera parte de la primera película ya prefigura una dimensión religiosa que culminaría en la tercera y última entrega. Tom es un católico de impuesto origen irlandés y crianza italiana en Nueva York. Un católico en un país tremendamente protestante, cuyo hijo Andrew (según la novela) es un sacerdote preparándose para el futuro en Roma, donde llega a convertirse en cardenal. Sin que Coppola lo anuncie, el espectador puede comenzar a juzgar a Tom por sus frutos a pesar de sus pecados. Y como Don Corleone “nunca pide un segundo favor si se le niega el primero” (otra cita célebre), Woltz amanece con la cabeza sanguinolienta de su caballo a su lado. De inmediato contrata a Fontane y la secuencia, diseñada para presentar al público a Hagen, acabó por suscitar la analogía entre Fontane y Frank Sinatra, cantante devenido en actor y dueño –con Bugsy, Lansky y otros mafiosos de la vida real- de la mitad de Las Vegas durante treinta años.
 
Personaje complicado porque en él quedan desdibujadas la bondad y la maldad, el Hagen de Coppola no permite pensar que sea malvado o virtuoso, verdugo o víctima, sino que el consigliere es un producto de sus circunstancias, un hombre fiel a quien le salvó la vida y por cuya muerte se culpa. Santino Corleone (James Caan), su alter ego, es su hermano y su salvador: le había dado algo más que techo y comida; le había dado una familia de la cual sentirse parte. Y además era su héroe, un Sonny que nunca dudó en levantar sus descomunales puños contra aquellos que osaban insultarlo; un natural heredero de Don Vito empañado por cuantiosos defectos pero que Tom sabía el caudal de afecto que guardaban. Por ello, al caer Sonny muerto en una trampa que Tom podría haber previsto, el consejero supo que como tal había fallado, y en tiempos de guerra. Sólo le quedaba esperar no haber fallado como amigo, porque lo cierto es que Sonny nunca le había fallado a él.
 
El maravilloso personaje que desempeña Duvall en la primera entrega de “El Padrino”, aunque también importante en la aún mejor parte II, poco aporta de nuevo cuando Don Vito ha desaparecido y Michael (Al Pacino) toma las riendas de la familia. Queda destacar que, como dignísima despedida de su papel como abogado, Hagen increpa al comité del Senado que a toda costa quiere destruír a los Corleone. Con el jefe de la Comisión de Investigación en la nómina del mafioso judío Roth –enemigo de Corleone- , entre Tom y su jefe urden una estrategia tal, como para descarrilar el caso del gobierno.  La escena de la audiencia ante el Senado termina en un escándalo con Tom Hagen, abogado de Michael Corleone, airadamente exigiendo una disculpa pública.