San Luis Potosí, S.L.P. 24 de Junio de 2018
LO QUE ES UNA COMEDIA CUANDO SE HACE SURREALISTA
El gran logro de Boston Legal es que los escritores conocen muy bien sus limitaciones, y en ningún momento caen en delirantes pretensiones de conseguir una obra maestra.
Oscar Rodríguez Gómez | 06/02/2014

En la entrega anterior de Boston Legal ( traducida por la TV mexicana como "Justicia Ciega") el contexto citadino que brinda el escenario para la serie, en su interpretación económica, política y cultural, nos muestra al primer miembro –Denny Crane- de la singular firma de abogados Crane, Poole & Schmidt como un legendario litigante, grandielocuente y egocéntrico quien, como sus colegas de bufete, es rico, con una sólida carrera y siempre en búsqueda de su beneficio a costa de cualquier cosa.

 

      Vieja gloria del circuito bostoniano, que pasa por una situación de escaso rendimiento profesional e intermitentes pérdidas de memoria, Crane hace gala de su relación con la socia senior y cofundadora con él de la firma, Shirley Schmidt – con quien tuvo relaciones en el pasado- al interpretar sus conversaciones con ella como avances sexuales y francas propuestas de llevarla a la alcoba. Paradójicamente, es Crane el que en un episodio afirma “Nunca cambiaré a una mujer por un amigo, las mujeres no te dejan jugar a ser niño”, enunciado a cuyo tèrmino –como es su sello en toda la serie- expresa en voz alta un “Denny Crane” a guisa de master dixit.

 

        La abogada Schmidt es encarnada por la aún talentosa Candice Bergen, estrella de Hollywood en los años setenta del siglo pasado, (Vivir por vivir, El viento y el león, Gandhi etc.) y quien parece ser la socia medianamente cuerda de un despacho caótico, repleto de problemas entremezclados de las vidas privadas y profesionales de los socios y empleados, quienes llevan a un discreto límite sus tensiones sexuales y afectivas.

 

        La bella dama de la firma, Denise Bauer, muestra una de las mejores imágenes del sueño americano hecho mujer: graduada con honores, poseedora de una retòrica exuberante, un vestuario impoluto que resalta su figura delgada y afilada, liberal y sin perjuicios sexuales –lo que mucho le ayuda en los juicios- pero que pese a sus esfuerzos aún no logra consolidar la práctica de la conciliación como ella quisiera. Su histriónico rostro es de la clásica plasticidad de la burguesía bostoniana y, aunque sus casos son siempre complejos, su habilidad mediadora la mantiene como la promisoria estrella del despacho. Julie Bowen, de amplia y premiada trayectoria televisiva – aunque con poco paso por el cine- encarna a una abogada Denise modosa pero agresiva quien, finalmente, es un producto de bella factura, cuidadísima estètica, proclive a diálogos ágiles e intensos y toda una beldad doble equis.

 

     Al otro extremo del elenco, aunque indisolublemente ligado a Denny y a Shirley, el arrogante Alan Shore es quien se lleva el crédito principal de la serie. Su personaje, sin ser socio principal de la firma, parece ser quien lleva sus riendas: ronda los 40 años, demócrata practicante, sutil, educado, elegante, irónico hasta la corrosión y enamorado de las causas perdidas y de un muy especial tipo de mujeres.

 

       Aunque recientemente fue visto como el lobbista Bilbo en el Lincoln de Spielberg (2012), James Spader, intèrprete de Shore, posee un envidiable historial cinematográfico que va de su debut como el joven millonario sin escrúpulos de “Less than zero” (Marek Kanevskaya, 1987) –film en el que también triunfaron Andrew McCarthy, Robert Downey Jr. y Brad Pitt -, pasando por joyas como Sexo, mentiras y video (Steven Sondenbergh, 1989), Bob Roberts ( Tim Robbins, 1992) y la inefable Crash de David Cronenberg (1996). Sin dejar de filmar en todo género hasta 2004, Spader acepta el rol de Alan Shore con tal éxito como para que al final de la saga sea contratado para la serie The office, una especie de “reallity” donde su locuacidad manifiesta en Boston Legal vuelve a aflorar.

 

   Premiado con un par de Emmys por su personaje, un Spader de movimientos volátiles recrea a un Alan de elaborada ética profesional llevada màs allà de las obligaciones que impone la profesión de abogado, llegando a cometer ilegalidades en nombre de sus propios valores, conducta que le lleva a enfrentarse al sistema legal, a sus compañeros y al riesgo de perder la profesión. Sus blancos preferidos son las grandes corporaciones (tabacaleras, petroleras, farmacéuticas, alimentarias, medios de comunicación y el mismísimo gobierno de los Estados Unidos. Su relación afectiva con Denny Crane, hasta llegar al final de la saga, es el pivote de diálogos muy vivos, párrafos abrumadores y críticas al sistema americano que muestra sus miserias a la vez que su esplendor y su “alta sociedad”.

 

     En resumen, Boston Legal logra que su tono de comedia se atenúe con sus situaciones surrealistas, la crìtica sin ataduras, el abordaje de temas otrora tabú como la religión, la pederastia, el suicidio, los bancos que tan bien roban etc. Su guión es pletórico en reflexiones sobre la amistad, el tiempo, las mujeres, la soledad, el matrimonio, la muerte, el medio ambiente, el sexo ...y la condición humana.

 

        Con un magistral aprovechamiento del montaje paralelo que permite a los guionistas presentar varios juicios en una sola emisión, el sueño Brechtiano parece dibujarse por primera vez en la televisión al lograr una complicidad con el espectador que mucho se agradece en los tiempos que corren. Pero sobre todo, el gran logro de Boston Legal es que los escritores conocen muy bien sus limitaciones, y en ningún momento caen en delirantes pretensiones de conseguir una obra maestra.